Nuestro querido Papa Francisco que nos sorprende cada día con sus palabras, sus acciones, y sobre todo sus intuiciones que nos dejan ver un gran ser humano, un gran creyente con una formación y espiritualidad profundas, nos dice en su reciente Exhortación Apostólica “La Alegría del Evangelio” unas palabras muy bellas sobre la Iglesia que todos soñamos y que reflejan también mi sueño y gran anhelo como creyente y presbítero:

Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio”. (n. 114)

Podríamos profundizar en las consecuencias de estas intuiciones del Papa Francisco para cada uno de nosotros que como bautizados-confirmados, hacemos parte viva de esta comunidad de creyentes.

Ser Iglesia es sentirse “Pueblo de Dios”, vivir siempre en camino, buscando cada día encarnar el GRAN PROYECTO DE AMOR DEL PADRE en nuestros proyectos y relaciones de vida, de familia y de comunidad. Ya lo decía la Carta de San Pedro, refiriéndose a todos:

“Pero ustedes son raza elegida, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido para que proclame las maravillas del que los llamo a las tinieblas a su maravillosa luz. Los que antes no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; lo que antes no habían alcanzado misericordia ahora la han alcanzado” (1 Pe 2, 9-10).

Por el bautismo todos somos sacerdotes, lo que significa ofrecer “sacrificios espirituales por medio de Jesucristo” (1 Pe 2,5). Con ello se refiere a la vida misma del cristiano, hombre o mujer, se encuentre donde se encuentre y en cualquier profesión, ofrecida a Dios como don de Dios y portadora de la salvación de Jesús.

La vida de Jesús como no la presentan los evangelios fue de: obediencia filial al Padre, de amor incondicional que no conoció barreras, su opción por los pobres, débiles y marginados, su lucha por la igualdad y la justicia hasta derramar su sangre en la cruz por todos nosotros y ser fuente de nuestra Reconciliación y de nuestra Vida Nueva. En esto consistió el sacerdocio de Cristo, y en esto consiste el sacerdocio del cristiano recibido en el bautismo.

Entonces, ¿para qué sirven los diáconos, presbíteros y obispos? El ministerio de estos responsables y pastores de la Iglesia ha sido instituido por el mismo Jesucristo, para que a imitación suya, estén justamente al servicio de la comunidad cristiana, de su conducción para que esta siga fiel a su compromiso sacerdotal de vida y testimonio.

Como personas bautizadas, son sacerdotes como los demás; como ministros ordenados, representan a Jesús en su función de guía y pastor de la comunidad.Lo afirma la misma Carta de Pedro en su testamento espiritual:

“A los presbíteros que están entre ustedes les ruego como colega, testigo de la pasión de Cristo y participe de la gloria que se ha de revelar: apacienten el rebaño de Dios que les han confiado, cuidando de él no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por ambición de dinero, sino generosamente; no como tiranos de los que les han asignado, sino como modelos del rebaño. Así, cuando se revele el Pastor supremo, recibirán también la corona eterna de la gloria”. (1 Pe 5,1-4).

San Juan Eudes, un gran artesano de la renovación de vida cristiana y un gran comprometido con la renovación de los sacerdotes en el S. XVII, fundó la Congregación de Jesús y de María (Padres Eudistas) para estos fines y dentro de los grandes ideales que él propone para el sacerdote de todos los tiempos nos dice algo que ha guiado mi camino como presbítero en estos 25 años:

“El pastor y el sacerdote deben ser el protector, defensor, consolador, padre y refugio de los pobres, de las viudas, de los huérfanos, de los que no pueden defenderse, de los oprimidos y de todos los miserables” (O.E. P.420).

Doy gracias a Dios por estos 25 años de servicio que me ha permitido vivir como presbítero al servicio de la formación de futuros presbíteros y sobre todo de la pastoral familiar. Nuestro fallecido nobel de literatura decía que la vida que realmente vale la pena es la que se podía contar. Yo agregaría, sencillamente, que es sobre todo la que se puede agradecer, porque todo es regalo de Dios:

Gracias al Señor por su llamado a la vida, por mi familia, por mi comunidad y mis formadores, por todos aquellos que han colocado su granito de arena para que el 19 de agosto pueda estar celebrando mis bodas de plata sacerdotales. Gracias a ustedes queridas parejas de la Comunidad Alegría con las cuales hemos caminado juntos, hemos crecido y que son parte de grandes satisfacciones en este bello y exigente camino del amor.

Finalizo con un compromiso de vida hacia el futuro por la autentica renovación de nuestra amada Iglesia, citando de nuevo al Papa Francisco:

“La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (…). Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es la ‘puerta’, el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. (…) A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. (EG n.47).

Los confío a todos ustedes, en mi oración, a los corazones amantes de Jesús y de María.

Hermano y servidor en Cristo,

P. Raúl N. Téllez V.

Director Pastoral Familiar "Minuto de Dios"

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